lunes, 8 de octubre de 2007

La edad de la inocencia

A la memoria de Don Juan Muñoz Aranda, mi maestro

JOSÉ MARÍA RUIZ VARGAS

–¿Y tú a qué escuela vas?

–“¿Yo?, a la de Don Juan”, le dije, sin apartar la vista del movimiento con el que mi compañero de juego iniciaba la partida de “el Carro” con el habitual “¡Meto en raya!”.

–“¿Y pega mucho?”, siguió preguntándome Luís, el más alto y, sin duda, el que era varios años mayor que todos nosotros.

–“Y yo con ella”, dije, al tiempo que hacía mi primer movimiento. “¡Qué va! Don Juan pega poco… ¡Don Juan es el más bueno!”, respondí levantando la cabeza y mirando de soslayo al que me interrogaba. “Bueno, algunas veces, sí pega un poco”, añadí. “Aunque a mí todavía no me ha pegado ninguna vez” –continué diciéndole sin quitar ojo del juego que acabábamos de empezar.

La tarde comenzaba a declinar acompañada de nubes y de un viento que, a aquellas horas, empezaba a incomodar. Aunque Octubre se encontraba ya en su segunda mitad, las ropas que vestíamos, por lo general siempre escasas, todavía no habían incluido aquella temporada los jerseys de lana.

Sin existir norma escrita alguna, en la Doña Mencía de entonces se cambiaba la vestimenta de cada estación siguiendo disciplinadamente una especie de acuerdo tácito que, concretamente en otoño, establecía que los jerseys no se empezaban a utilizar, por mucho frío que hiciese, hasta comienzos de Noviembre. Y todo el mundo cumplía la norma. ¡Vaya, si la cumplía! Como que la presión social y la censura descarada, burlona e incluso insultante, llegaban a hacerse insoportables si un día frío, fuera del calendario “oficial”, se te ocurría ponerte un jersey: “¿Dónde vas, so difrés, con ese jersey, si todavía no hace frío?”, “¡Jesús, qué difrés, mira que ponerse un jersey en este tiempo!”, “Niño, dile a tu mama que todavía no ha llegao el invierno”, “Tú, friolero, el del jersey, que te toca mover”, y otras lindezas parecidas eran proferidas por grandes y chicos que, como furibundos vigilantes de la moral menciana, vivían tan pendientes de las apariencias y del qué dirán que parecían ciegos a la realidad de cada día.

Anochecía y empezaba a hacer frío aquella tarde otoñal, y las farolas de la Plaza se encendieron tímidamente con una luz escasa y mortecina a la que tan acostumbrados estábamos. El número de chiquillos había ido aumentando alrededor de aquel banco de piedra en cuyo centro, como en todos los demás bancos sin excepción alguna, estaba pintada la figura del juego “Tres en raya” o, como nosotros decíamos, de “el Carro”. Dibujos lineales, de una geometría casi perfecta, grabados sobre la piedra blanca y plana del asiento con bastante precisión a base de restregar con fuerza, una y otra vez y mil veces más, un manojo apretado de hojas verdes de los plátanos orientales que flanqueaban por parejas las cuatro esquinas de acceso a la Plaza, o, mejor aún, pintados con dátiles verdes que el viento se encargaba de arrancar de las imperturbables palmeras que adornaban los arriates circundantes. Aquellas manchas cuadriculadas con el dibujo de “el Carro” habían servido a tantas generaciones para alegrar sus ratos de ocio, que su mantenimiento era asumido con agrado por todos los chiquillos, por lo que cualquiera era bueno para repintarlas cuando el sol o la lluvia le arrancaban algo de color. Tantas veces fueron repintados aquellos dibujos, que el cuadrado radiado de “el Carro” pasaría a formar parte consustancial de los bancos de piedra de nuestra Plaza.

–“¿Que no pega Don Juan?”, dijo Miguel, desde el bordillo del arriate en el que compartía asiento con otros tres. “Te da así con la regla en la mano… ¡Que te lo diga Manolo, cuando venga de comprar pipas, si pega Don Juan!”.

–“¿Don Juan pega mucho?”, dijo escépticamente Paco, casi a gritos, al tiempo que dejaba de compartir el banco con los dos jugadores y se ponía de pie. “El que pega es mi maestro, Don Francisco… y, además, con la regla de canto, que así sí que duele”.

–“¡Si Don Juan casi no pega!”, remachó Antonio, que observaba de pie las escasas posibilidades que me quedaban para no perder aquella partida. “Don Juan es el mejor”, sentenció mientras se sentaba en la esquina del banco que Paco había dejado libre, justo en el momento en que mi contrincante gritaba jubiloso “¡Carro hecho!”

–“¿Y Luís a qué escuela va?”, pregunté acercando mi cabeza a quien me acababa de ganar la primera partida. Pero Tomás se limitó a encogerse de hombros. Aunque mis palabras apenas se oyeron, Antonio recogió mi deseo y dijo, casi inmediatamente, y en voz alta: “Luís, ¿tú vas con Don José, no?”.

–“Sí, pero este año es el último. Cuando llegue Junio, dice mi pae que ya se acabó pa mí la escuela”.

–“¡¿Que ya no vas a ir más a la escuela?!”, dijimos al unísono tres o cuatro con una mezcla de sorpresa y envidia.

–“Pues no, ya no voy a ir más. Además, si ya mismo cumplo 12 años y… dice mi pae que como ya sé leer y las cuatro reglas, ¿pa qué necesita un jornalero saber más?... Al campo, a trabajar al campo, es lo que me dice tós los días mi agüelo”.

Hubo unos momentos de silencio, Manolo repartió como pudo las pipas recién compradas y, rompiendo aquel estado de pesadumbre que momentáneamente nos empezaba a embargar a todos, dijo con entusiasmo: “¿Jugamos a las farolas? O ¡a los guardias y los ladrones!”.

–“Sí, bueno, pero, antes, cuéntanos lo que hiciste el otro día, cuando te pegó Don Juan”, le pidió Miguel.

–“¡Venga ya, pero si no hice ná! Vamos a jugar a algo”, insistió.

–“Bueno, si queréis os cuento yo lo que me pasó el otro día con Don José”, interrumpió Luís con la autoridad que le otorgaba su mayor edad.

–“¿Don José también pega mucho, no?”, le dijo Manolo. “Por lo menos, más que Don Juan, ¿no?... Eso es lo que dicen”.

–“A mí, desde luego, me pegó Don José una buena tunda de palmetazos el otro día”, aseguró con resignación Luís.

–“Y ¿qué habías hecho pa que te pegara?”, intervine yo.

–“Puff, pues una tontería… Bueno, porque me vio tirar la leche americana. Y es que a mí no me gusta esa leche en polvo, y menos cuando está llena de bolondrones…”

–“A mí lo que más gusta es la mantequilla –lo interrumpió Paco–, pero la leche…”

–“Y a mí”, salté yo. “Uff, la mantequilla americana sí que está buena… cuando te la ponen así en el pan tostao…”.

–“Bueno, la leche en polvo también está buena”, dijo Antonio. “Yo, lo que hago –continuó explicando– es que me llevo de mi casa un terrón de azúcar y se lo echo, y así está buenísima”.

–“¡Vosotros sois unos señoritos!”, dijo con rabia Luís, y continuó increpándonos ahora simulando voz de niña: “Que si pan tostao, que si azúcar… Si no tuviérais tós los días un cacho de pan para untar la mantequilla, como yo, y os tuviérais que beber aquella mierda de leche aguá con bolondrones y sin azúcar, ya veríamos…”. Hizo una pausa y, como quien cae en la cuenta de su injustificada dureza, continuó diciendo, ahora ya más calmado: “Total, que el otro día ya estaba jarto y la tiré… por la esquina aquella donde está el retrete. ¡Y me vio Don José!… Y me pegó por lo menos veinte palos… en las manos, en el culo, en las piernas y en tós laos”.

Las palabras de Luís empezaron estremeciéndonos y habían acabado asustándonos. Nadie se atrevía a abrir la boca ni para comer pipas. Cualquiera decía algo tras la bronca que acababa de echarnos.

–“A nosotros –dijo Antonio, rompiendo aquel silencio incómodo–, Don Juan lo más que nos hace cuando estamos tomándonos la leche y la mantequilla americana es decirnos que no hablemos tanto. ‘Niños –dice–, dejar ya de hablar y comer, que os vais a tirar toda la mañana desayunando. Ya sabéis lo que dice el refrán: Oveja que berrea, pierde bocao’. Tós los días, tós los días nos dice lo mismo, lo de la oveja esa”.

–“Bueno, sí –añadió Miguel, recuperada la tranquilidad general– pero a Manolo le dio el otro día Don Juan una buena. ¡Venga, Manolo, cuenta ya lo que te pasó!”, le dijo, recalcando las últimas palabras. “Es que es muy gracioso”, añadió mientras volvía la cabeza hacia los que estábamos en el banco.

–“Pues ná –dijo Manolo con la pachorra y la gracia que le caracterizaban–, lo único que pasó es que me vio debajo de mi banca cuando estaban allí los del Bachillerato…, esos que llegan y se ponen alrededor de su mesa para darle la lección, y el tonto de Juanillo va y dice a voces ‘Don Juan, Manolo está mirándole las bragas a Luisita’. Total, que Don Juan se puso hecho una fiera y se lió conmigo”.

–“Sí, pero…, ¡es que tú eres más basto… y más exagerao pa tó…!” –le recriminó Tomás–. “Éste –continuó diciendo mientras nos miraba a los demás–, en cuanto llega Luisita ésa y se pone entre la mesa de Don Juan y su banca, arma un lío… Tira el lápiz, tira el borrador y tira tó lo que sea, y se mete debajo de la banca… ¡y le mira el culo a Luisita, de verdad!”, dijo entre risas.

Aquello del “culo a Luisita” nos hizo tanta gracia, que soltamos una sonora carcajada mientras nos tronchábamos literalmente de la risa.

–“¿Luisita quién es?”, me preguntó al oído Antonio. “¿La hija del médico?”.

–“No, qué va. Luisita es la que vive en el cuartel” –le aclaré en voz baja.

–“Ah, sí”, me dijo. Y dirigiéndose a todos, añadió, al tiempo que acompañaba sus palabras con un balanceo de cabeza: “!Oh!, ¡esa sí que es guapa…!”.

–“Pero, bueno, Manolo –dijo Luís, tratando de poner las cosas en claro–, ¿le has visto las bragas a ésa o no?”

–“¡Un montón de veces!”, contestó pícaramente Manolo. “A ésa y a toas las demás”.

El asunto parecía ponerse cada vez más interesante. Rápidamente, dejamos de jugar al “Carro”, olvidamos las pipas y, como quienes se reúnen en torno a un brasero calentito, nos pegamos unos a otros todo lo que pudimos y, a sabiendas de que estábamos siendo cómplices de una aventura prohibida, coincidimos en rogarle que nos contase “cómo eran las bragas”. “Venga, Manolo –dijimos bajando la voz–, cuéntanos cómo son las bragas de Luisita”.

–“¡Pues, cómo van a ser!” –respondió displicentemente, como quien estuviese hablando del asunto más trivial y normal del mundo–. “¡Pues blancas, que parecéis tontos!”. “Además –añadió mientras se ponía en pie y rompía el clima de complicidad que habíamos creado en unos instantes–, el que quiera saber más que se atreva a mirárselas como hago yo… Luego decís que tós los palos de Don Juan van pa mí”.

–“¡Qué tío más esaborío!”, dijo contrariado Miguel. “Luego querrás que te deje mi caja de colores, ¿no? Pues, te vas a enterar, macho”.

–“Déjalo”, terció Antonio. “Si casi todo lo que cuenta seguro que es mentira. A lo mejor lo único que le ha visto a Luisita son las rodillas y dice que le ha visto el culo… ¿Tenéis más pipas?”.

–“Yo no”, le dije a Antonio y a todos. “Y, además, lo único que me queda es un real para comprar un sobre de estampitas”.

–“¿Estás juntando las de la liga?”, me preguntó Tomás.

–“Las de este año, no. Hice las del año pasao, pero las de esta temporada 1954/55 no. Ahora estamos juntando, mi primo y yo, el Álbum de Zoología”.

–“¿El que venden en el Bar?”, preguntó Antonio.

–“Sí, ése, el que venden en el Bar”, asentí.

–“Puff, pero es que ése son un montón… trescientas y pico estampitas”, se quejó Antonio.

–“Son 384 estampitas, sí… de animales. Y un sobre de 6 vale un real, pero son más bonitas… Lo malo –continué pesaroso– es que el álbum vale seis reales…, así que todavía no lo hemos podio comprar… pero ya tenemos más de 50 estampitas y muy pocas repetías”.

–“En mi escuela hay muchos que también están juntando ese álbum de animales”, señaló Luís.

–“Y en la mía”, apuntó nervioso Paco.

–“Bueno, qué, ¿jugamos a las farolas o no? ¡Que ya son más de las ocho!”, volvió a insistir Manolo con un evidente tono de queja.

–“Sí, venga”, saltó Paco. “Pero no toquéis la que está enfrente del Casino, que da calambre”.

–“¿Calambre?”, preguntó Manolo, al tiempo que miraba a Paco como quien le perdona la vida. “¡Venga ya!”, añadió.

–“Sí, calambre, sí”, le contestó impulsivamente Paco. “Anoche mismo, nos dio a tós… Hasta a seis, cogíos de la mano, nos llegó la corriente de aquella farola. Mira, por ahí viene Rafael, que también estaba anoche. Pregúntaselo y verás”.

Rafael era monaguillo y, algunas tardes, entre las cinco y las ocho, más o menos, iba a la iglesia a echarle una mano a Don Juan el cura. Le ayudaba a limpiar o a ordenar la Sacristía, lo acompañaba en sus visitas a enfermos incapacitados o le iba por los mandaos que necesitara. Rafael llegó, como siempre, corriendo, pero hoy, además, venía con una cara de alegría que anunciaba de lejos que algo bueno iba a anunciar. Unos metros antes, y todavía por el centro de la Plaza, dijo elevando el tono y con una voz entrecortada por las prisas y la evidente emoción:

–“¡Eh, ¿sabéis una cosa?! ¡Dice Don Juan que la semana que viene… van a echar en el Cine Mari la película… “Marcelino, pan y vino” y que… y que esa película es ‘Blanca’… que no es pecado verla… y que podemos ir tós los chiquillos…!”

–“¡¿Sííí?!”, soltamos a coro los que allí estábamos. “¡Esa película sí que es buena!”, dijo uno atropelladamente, casi al mismo tiempo que otro igualmente emocionado gritaba “¡Bien!”, y otro le interrumpía “¡Esa no me la pierdo yo!”, y otro “¡Con las ganas que tenía yo de verla!”, y otro ¡”En esa dicen que sale el Señor y que habla de verdad!”, y otro se burlaba “¿Venga ya, idiota, ¿cómo va a hablar el Señor?” y el otro le respondía “¡Sí que habla el Señor, sí, sí, porque Marcelino le lleva de comer!”…

Y entre risas y emociones empezamos a soñar, nerviosos, contentos, excitados, con la historia de aquel chiquillo llamado Marcelino al que íbamos a poder ver en el cine. Y era tal nuestro júbilo, que de nuestros pensamientos volaron por un momento las vicisitudes diarias de la escuela y las discusiones sobre si Don Francisco era el que más pegaba y Don Juan el que menos, y si la leche en polvo sabía a jabón y la mantequilla americana sabía a gloria, y si las bragas de Luisita eran blancas y las ovejas que berrean pierden bocado, y si las estampitas de animales eran muchas y encima el álbum valía nada menos que seis reales. Soñando estábamos con el pan y el vino de Marcelino, cuando el reloj del Ayuntamiento irrumpió de golpe en nuestra algarabía con las campanadas de las nueve y toda la magia, de repente, se vino abajo. Y volvimos a la Plaza y notamos el escozor fresco del anochecer a través de la camisa, porque todavía no era el tiempo oficial de los jerseys, y empezamos a decirnos que había que irse ya, que era tarde y que mañana había escuela. Y nos dijimos hasta mañana, y nos fuimos separando y perdiendo cada uno en busca de su calle, en busca de su casa. Aquella noche, mientras el chiquillo que fui recorría los vericuetos que unían la Plaza con mi calle, no tuve conciencia de lo solitarias y poco iluminadas que solían estar las calles de mi pueblo ni de la humedad de las esquinas. Mis pensamientos, aquella noche, se vieron inundados por la fantasía y la ilusión arrebatadora de poder ver una película en la que un niño llamado Marcelino decían que le llevaba pan y vino al Señor. Aquella noche, la que nos enteramos de que en el Cine Mari iban a poner “Marcelino, pan y vino”, fue una noche mágica, casi tanto o más que la del mismo día que vimos la película. Aquélla fue, sin duda, una de esas pocas noches de la infancia que quedan grabadas en tu memoria con la fuerza limpia, inocente e imborrable de las emociones infantiles.

Nota: He procurado que los diálogos reflejen con la máxima fidelidad posible el léxico y las expresiones que, en la Doña Mencía de la década de 1950, eran habituales en las conversaciones de los chiquillos de entre 7 y 10 años de edad. Todos los nombres, salvo los de los maestros, han sido cambiados para mantener el anonimato de los protagonistas.

Tres Cantos, Madrid, Octubre de 2007


2 comentarios:

Manuel Cubero dijo...

Con permiso del autor (espero que me lo conceda) diré que este relato forma parte del libro EN EL CAMINO DEL INCA, recientemente editado en Cádiz por Quorum Editores.
Y com este libro se edita a beneficio de APADRINA2, una ONG que llevan dos hijas de una vieja amiga nuestra de ÚBEDA, me permito hacerle un poco de publicidad.
Las librerías del pueblo pueden pedirlo a www.grupoquorum.com
Manolo Cubero.

Manuel Cubero dijo...
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