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lunes, 3 de diciembre de 2007

El crimen del estanco, 1725 (y III)

Al día siguiente de los hechos, la justicia dicta requisitorias para encontrar el asesino y las envía a las ciudades, villas y lugares de los contornos, sin obtener resultado positivo alguno. Las declaraciones continúan y así, puesto que la mujer del estanquero había aludido a lo escuchado por su vecina Isabel Muñoz, hasta su casa se dirige el alcalde y juez ordinario acompañado del escribano. En efecto, estando sentada en compañía de su padre en dichas sus casas y cerrada la puerta de la calle oyó un arcabuzazo como a las ocho y media, y respecto a lo que contó a la mujer del estanquero sólo puede decir que estando en el corral de su casa oyó a Julián de Luna como le decía en el patio vecino a Jesualda de Navas que tenía conveniencia del estanco de tabaco pero que no quería otro sino el de esta villa y que había de vengar su ira. En esto que Jesualda, temiendo que alguien escuchara estas palabras, se asomó a la bardilla, y ya no pudo la pobre de Isabel Muñoz escuchar más cosas. No había, como se puede observar, muchos secretos entre vecinos.

Jesualda ratificó lo escuchado por Isabel desde su patio y confirmó que en la tarde del 1 de abril de 1725, poco más de las cuatro de la tarde, estuvo hablando con Julián en su casa. Éste primeramente le preguntó por sus padres –la madre estaba en la iglesia y el padre en Torredojimeno- y después le comentó que el estanquero le había enviado a su casa a una muchacha por un frasco de pólvora. Añadió que estaba disgustado por la ruindad que había ejecutado con él y que en otras partes tenía conveniencia de seis reales y medio todos los días y no lo quería porque había de ser estanquero en esta villa dentro de diez días por bien o por mal o no había de gozar el estanco uno ni otro y dicho esto se despidió.

Otro vecino, Pedro de Porras, señaló que estaba sentado al fuego con su mujer y no hizo mucho caso al oír el disparo por haber tirado otros en otras ocasiones y a poco rato que no se podían rezar dos credos oyó asimismo una mujer en dicha calle dando gritos dijo ¡hijo de mi alma que me lo han muerto! Y en dicha habla conoció ser la tía Luna madre de Julián de Luna. Sólo sabe, añade, que Manuel y Julián estaban enojados y que una vez ocurrido el hecho vulgarmente toda la gente que acudió decían lo había hecho don Manuel Fernández y esto se decía públicamente.

Julián de Luna vivía con su esposa y con su madre, la tía Luna como era conocida en el pueblo, y a las dos también se les tomó declaración. La esposa de Julián, María Concepción, afirmaría que aquella noche habiendo cenado los tres, su marido, como era habitual, tomó su espada y salió a la calle. Al poco rato oyó un arcabuzazo y, temiéndose lo peor, le dijo a la muchacha que servía en su casa que saliese corriendo y mirase qué disparo era el que se había tirado y luego al punto volvió la muchacha diciendo ¡Mariquita a Julianico han matado! Ella no observó que su marido tuviese o sacase pistolas aquella noche y sólo oyó decir que estaba quejoso del don Manuel por que le había echado del estanco sabiendo lo que había hecho por él y que hasta que le quitase dicho estanco no había de parar. María de los Santos Luna, la tía Luna, madre de Julián afirmó que su hijo, después de haber cenado, se levantó, tomó su espada y la besó. Ella le preguntó a Julián que adónde iba y él le respondería que iba a andar un rato, para que no se le olvidara. Tras escuchar el disparo salió a la calle y cuando oyó a la muchacha dar gritos, la tía Luna aceleró el paso y se fue a la plaza del Llanete donde halló a su hijo muerto y a sus gritos acudió mucha gente. Ella no sabe si su hijo llevaba aquella noche las pistolas que se le encontraron además de la espada. Más tarde el herrero y cerrajero del pueblo, Alonso de Rojas, hará, por orden de la justicia, un reconocimiento oficial de las armas que portaba Julián en la noche de autos describiéndolas de esta forma: las dos pistolas eran pequeñas e iguales de menos de cuarta de largo.., estaban corrientes para poderlas disparar y cargadas teniendo sus pedernales prevenidos donde les corresponde y habiendo con una baqueta y sacatrapos descargado dichas pistolas la una tenía una bala y siete postas y la otra una bala y cuatro postas y ambas su pólvora con que también estaban cebadas. Y respecto al puñal se reconoció ser de cuatro esquinas delgado bien atilado con su horquilla en el cabo y su botón para el descanso de la mano y la cuchilla o barra esquinada de dicho puñal es de largo del grueso de ocho dedos.

Al día siguiente se dicta auto de prisión contra el estanquero homicida al que se le describe como pequeño de cuerpo delgado, la cara rubia y el cabello cortado, algo calvo y algo pecoso en la cara con unas cicatrices o señales en el pescuezo como de lamparones. Pero en estanquero no aparecería por ningún sitio una vez examinadas las partes públicas y secretas, los mesones y las bodegas de las villas del contorno.

Pero las autoridades provinciales no iban a actuar como meros convidados de piedra en este asunto. Con fecha cuatro de abril, el Corregidor de Córdoba y Superintendente General de Rentas Reales, don Francisco Bastardo de Cisneros y Mondragón, envía un despacho al alcalde y juez ordinario de Doña Mencía instándole a que se inhiba en el caso y no ponga obstáculos a la justicia. Para ello nombra a don Mathias de Salbes Vizcaíno, Visitador General de la Renta de tabaco, como único juez ordinario. En dicho despacho se ofrece una versión distinta de los hechos, más favorable al estanquero de Doña Mencía, y se apunta que Julián de Luna y el testigo Miguel de Vera estaban esperando a don Manuel y que hubo un forcejeo entre ellos del que también salió herido el estanquero que iría a refugiarse al Convento de San Pablo de Córdoba, donde se encuentra en estos momentos.

Don Diego Alfonso Valera no acepta que la jurisdicción del asunto deba pasar al Visitador de la renta de tabaco y tras consultarlo con su asesor jurídico declara que él es el competente en el caso, lo que es ratificado por la suprema instancia judicial de Andalucía, la Real Chancillería de Granada. Sucesivos autos de prisión –el último tiene fecha de cinco de mayo- se pregonan en la plaza del Pradillo y en las de los pueblos vecinos. Muchos mencianos estarían expectantes por ver subir la cuesta del Brillante al estanquero y maestro escuela del pueblo para entregarse a la justicia, pero no sabemos si esto llegó a suceder o don Manuel huyó para siempre a otras tierras, quedando el crimen del Estanco, como tantos otros, impune para siempre.

La muerte de Julián, el hijo de la tía Luna, rompió la rutina de un pueblo de poco más de dos mil habitantes y del que se ofrecerían múltiples versiones. Seguramente los forasteros que vinieran al pueblo por las fiestas de San Pedro Mártir estarían deseosos de saber lo que realmente ocurrió y en la próxima viajá a la Campiña, los jornaleros mencianos seguirían añadiendo detalles, reales o inventados los más, al crimen del Estanco.

domingo, 2 de diciembre de 2007

El crimen del Estanco de 1725 (II)

Toda la gente estaba encerrada en sus casas junto al fuego lamentándose de las lluvias de aquella Semana Santa de 1725 que habían impedido que la procesión de Jesús se luciera como todos los Viernes Santos y un silencio de muerte se extendía por las calles llenas de barro a medida que la noche se apoderaba de Doña Mencía. Nadie, salvo Miguel de Vera, había visto nada sobre el asesinato de Julián de Luna. La mujer del estanquero, Manuela Rosalía de Lara, después de exclamar ¡Jesús! al escuchar el arcabuzazo se asomó a la puerta de la calle y vio ir gente huyendo y un hombre tropezó y la testigo se asustó y se entró en su casa. Después acudió gente y el señor alcalde vio y conoció a Julián de Luna junto a la esquina que decían que estaba muerto. Ella no sabía dónde estaba su marido quien había salido hacía una hora a cobrar el tabaco con su trabuco corto como tiene acostumbrado siempre que sale de noche a la calle por la ocupación que tiene de dicha administración de tabaco. Respecto a la enemistad que existía entre su marido y Julián de Luna, la víctima, sólo puntualiza que siendo como a mediodía llegó al estanco Julián de Luna con un frasco con su cordón para que se lo diera a su marido para que se sirviera de él mientras lo hubiere menester. Después Julián sacó la caja –continua la declaración de Rosalía- y le dio tabaco a la declarante y el motivo que tuvo para llevar el frasco fue porque don Manuel Fernández, su marido, envió esta mañana por él que antes fue suyo y en la ocasión que trajo el frasco la declarante no reconoció enojo en Julián. Ella sólo sabe que una vecina suya, Isabel Muñoz hija de Blas Muñoz, le dijo que Julián había comentado con Jesualda de Navas, hija de Pedro de Navas, que antes que se fuese de Doña Mencía se había de vengar y no dijo de quien.

También se llamó a declarar al matrimonio forastero, Nicolás de Mella y Mariana de Valdivieso, que estaban alojados en casa del estanquero. Él era maestro escuela y tras haber trabajado durante mucho tiempo con su escuela en la ciudad de Andújar y por no poderse mantener si no es con mucho trabajo determinó con su mujer e hijos hacer viaje a la ciudad de Antequera a buscar conveniencia. Nicolás había conocido al estanquero en Córdoba y por este motivo se alojó en su casa. Habían llegado el Jueves santo pero el temporal de lluvias les detuvo en el pueblo. Ninguno de los dos vio nada ni quiso saber nada de lo ocurrido, e incluso ninguno de los dos se asomó a al calle para ver lo que había pasado. Estaban sentados en la cocina junto al fuego cuando oyeron el arcabuzazo –Mariana oyó que alguien gritó después ¡confesión!-, pero como eran forasteros ni uno ni otro procuraron ver ni saber cosa alguna y se estuvieron sentados en el fuego. Sólo la mujer del estanquero, afirmó Nicolás, salió a la calle diciendo si será mi marido y entró asustada. Durante toda la tarde no cesó el ir y venir de gente a comprar tabaco. Cuando sucedió lo referido, declararía Nicolás, el estanquero había salido de la casa como cosa de una hora antes y no vio que llevase armas ni sabe que las tiene.

En un primer embargo de los bienes del estanquero, entre los que estaba una jarrita de Sevilla, se encontró en una esportilla en vellón catorce reales y seis cuartos; en reales de a dos, en que se incluyen dos reales de a cuatro segovianos, veinte y cinco pesos, más tres reales de a ocho segovianos; una maría de a doce reales; en plata de a diez y seis cuartos en que se incluyen tres realillos de a ocho cuartos uno de real y medio y otro real de a dos, cien reales y en el cajón del despacho en vellón quince reales y en realillos de a ocho cuartos siete reales, que, según declararía la mujer del estanquero y maestro de escuela, procedían de la venta del tabaco del mes de marzo. También se embargó el tabaco que había en el estanco dejando en una olla pequeña un poco para el gasto. El resto se encerró en la tercena y el alcalde echó la llave y se la llevó inmediatamente. Después se notificó a Pedro de Porras y a Blas Muñoz para que asistiesen a Manuela en el despacho del tabaco de polvo que se le dejó y otro poco de hoja y que el dinero que produjese dicha venta se echase en el cajón, cuya llave también se había llevado el alcalde.

Días más tarde se hará un segundo embargo, pues no se había registrado el desván de la casa, en el que se encontró en una tinaja un poco de tocino en pedazos, dos jamones dos mantecas, un asador, una media arroba, una olla llena de manteca derretida, cuatro escobas nuevas. El alcalde mandó se sacasen los dos jamones para el costo de despachar las requisitorias y papel necesario para esta causa. Como podemos ver por lo encontrado en el desván, el estanquero era un hombre de posibles con suficientes reservas de carne para alimentar a su familia y hacer frente a los azotes del hambre que amenazaba con tanta frecuencia a gran parte de la sociedad del pasado. También fueron embargados los bienes de Miguel de Vera, retirado en el convento, principal testigo de lo sucedido y que tenía arrendada su casa como escuela de Manuel Fernández. En la misma no se encontró nada especial, excepto dos lienzos de pintura viejos.

sábado, 1 de diciembre de 2007

El crimen del estanco, 1725 (I)


1725 Arcabuzazo contra
Cargado originalmente por agomezperez7
Ocurrió en la plazuela del Llanete, entre las ocho y las nueve de la noche del 1 de abril de 1725, pues ya habían tocado las ánimas, declarará uno de los testigos. El cadáver de Julián de Luna, vecino del pueblo aunque natural del Priego, apareció cubierto de sangre junto a las puertas del estanco de tabaco y pólvora, al pie de la imagen del Cristo de las Penas. Había muerto de un arcabuzazo que le atravesó el corazón, disparado, según todos los indicios, por don Manuel Isidoro Fernández, el estanquero y maestro escuela del pueblo. Junto al cadáver se encontraron dos pistolas cargadas, uno en el cinto y otra debajo del cuerpo, y un puñal.

El alcalde y juez ordinario, don Diego Alfonso Valera Roldán, tan pronto como tuvo conocimiento de los hechos se dirigió, acompañado del escribano, a la plazuela del Llanete donde pudo comprobar que el fallecido era el hijo de la tía Luna. Había muerto al ...parecer de una arcabuzazo que tenía en los pechos próximos de la tetilla izquierda donde había tres agujeros que parecían ser de una bala y de postas... Se ordena la búsqueda del principal sospechoso, el estanquero y maestro escuela don Manuel Fernández, que sus bienes sean embargados y que el cadáver se traslade a su vivienda para que allí lo examine el cirujano de la villa.

Don Manuel Fernández no se había escondido en su casa y, buscado en todas las partes públicas y secretas de la villa, tampoco se refugió en el Convento Parroquial de nuestra Señora de Consolación del pueblo. Hasta allí se había retirado el principal testigo de lo sucedido que no era otro que Miguel de Vera, dueño de la casa donde estaba instalada la escuela de primeras letras que impartía don Manuel Fernández. De ese asunto, declararía a la justicia, quería hablar con don Manuel aquella tarde, de la renta que le abonaba por la clase de primeras letras.

La esposa del estanquero, le dijo que su marido había salido a dar un paseo. Estuve esperando un rato –añadirá Miguel de Vera desde una de las celdas del convento- y saludé a un matrimonio forastero que con un niño en brazos estaban sentado al calor del fuego del hogar. Cuando ya me iba, después de beber un vaso de agua, vi apostado en la esquina del estanco a Julián de Luna, a quien reconocí a pesar de que iba embozado. Pasé junto a él y al emparejar con la imagen del santísimo Cristo de las Penas, que está en medio de la plaza, me hinqué de rodillas para rezar un padrenuestro y un avemaría. En ese momento vi venir desde la plaza del Pradillo a dos hombres: uno de ellos era don Manuel Fernández y al otro no lo reconocí. Al llegar ambos hasta donde estaba Julián de Luna, éste les dijo adiós y don Manuel le correspondió. Seguidamente Julián dijo -Dígame pues para qué ha tenido que enviar por un frasco a mi casa, a lo que don Manuel airado respondió: -¡usted me viene a provocar! Julián hizo un gesto con la mano, al tiempo que decía: -¡Ahora verás pícaro!-. No recuerdo bien lo que sucedió después ya que estaba muy oscuro. Oí un enorme arcabuzazo y pude ver cómo se derrumbaba el cuerpo de Julián a la vez que exclamaba -¡Virgen Santísima de la Cabeza! Don Manuel y su acompañante huyeron por la calle que llaman del Sacramento y yo, aturdido por la desgracia, me vine a refugiar al Convento donde me encuentro hasta que se aclare este asunto.

Miguel de Vera, había sido el único testigo ocular de los hechos. No sabemos si era el miedo a verse implicado directamente en lo sucedido o el que tuviera algo que ver de verdad en la muerte de Julián fue lo que le impulsó a refugiarse en el convento del pueblo. Ninguno de los vecinos a los que se le pidió declaración vieron nada. Solamente oyeron el arcabuzazo, el ruido posterior de la gente y los gritos de la madre que acudió con prontitud a la plazuela.

martes, 27 de noviembre de 2007

Noticias sobre una agresión sexual

Todo ocurrió en la noche del 6 de octubre de 1807 en las viñas de la casería de D. Diego de Alcalá en El Puntal, ya en el término de Cabra. Hasta allí se habían desplazado Teodosio, Vicente, Francisco y Juan junto a otros jornaleros de Doña Mencía. Y en aquel paraje también poseía un pequeño viñedo don Manuel de Ojeda que él mismo cuidaba. No se llevaron ninguna sorpresa, pues las inclinaciones sexuales del don Manuel eran de dominio público y así lo ratifican en sus declaraciones, pero lo que no imaginaban es que los cuatro saldrían heridos en la refriega que mantuvieron con él, lo que les obligó a volver al pueblo. Y allí alguien pasó la información al Corregidor que de inmediato tomó cartas en el asunto.

El auto cabeza del proceso se inicia por el Corregidor de Doña Mencía, Juan de Yarza y Marín, el 10 de octubre, pues le han llegado noticias de que cuatro hombres vecinos del pueblo de su jurisdicción se hayan heridos de resultas tal vez de quimera. Una vez practicadas las diligencias oportunas, el alguacil mayor, don Fernando Rodríguez, comunica que los heridos son Teodosio de Navas, de 27 años, Vicente Moreno, de 28 años, Francisco Navas, de 30 años y sobrino de Teodosio, y Juan Borrallo, de 23 años, todos trabajadores del campo que, como en años anteriores, una vez vendimiados los parajes de Camarena, marcharon al Puntal, a las viñas de don Diego de Alcalá. Pero aquella vendimia no la olvidarían tan pronto. Y es que en los pequeños pueblos las noticias circulan con inusitada rapidez, sobre todo si hay sangre por medio. Y además de sangre, en esta había sexo. Ya estaban juntos todos los ingredientes para que en el pueblo se supiera, o se inventara, lo que ocurrió en el Puntal entre los cuatro jornaleros mencianos y don Manuel.

Desconocemos quién era este don Manuel de Ojeda y Martos. Sólo sabemos que era de Castro de Río y que tenía una viña en el término de Cabra junto a las de don Diego de Alcalá. En el expediente siempre se utiliza el don para referirse a él, lo que indica que sería un individuo bien situado económicamente y con cierto rango social. Pero no consta su declaración, por lo que sólo tenemos la versión de los cuatro jornaleros y de alguno más que es citado por éstos. Y tampoco sabemos el final del proceso, pues el delito que se denuncia es un delito grave, "el detestable crimen, vergonzoso y contra natura" según expresión de 1625, y no sabemos si el tribunal de la Inquisición metió cartas en el asunto. Siempre hubo una cierta indulgencia, sigue diciendo Bennassar, en lo referente a los pecados de carácter heterosexual entre personas no casadas, pero con la homosexualidad, la reprobación es prácticamente general y la represión es firme.

Pero veamos lo que ocurrió aquella noche. Y no se escandalice el lector o lectora, pues las declaraciones están llenas de un exagerado verismo y conviene en algunos casos transcribirlas textualmente. Al primero que se le toma declaración es a Teodosio de Navas, que tuvo, ahora lo veremos, mayor protagonismo que el resto en todo lo que aconteció. Está herido, nos dice, con dos puntazos o pequeñas puñaladas una en el brazo derecho y otra en el izquierdo y quien lo hirió fue don Manuel de Ojeda y Martos, vecino de la villa de Castro del Río, la noche del seis del corriente en el sitio del Puntal en las viñas de la casería que posee don Diego de Alcalá, de Doña Mencía, con una balloneta o cuchillo. Teodosio estaba vendimiando en dicha casería con otros jornaleros y allí estaba también don Manuel cuidando de otras viñas de su propiedad, cuando en la noche del 6 de octubre, una vez que hubo cenado, el aperador o capataz le mandó para que fuese con otro cortador a vigilar las viñas. Y saliendo de la casería -a partir de aquí la cita es textual en su integridad- se le presentó el don Manuel de Ojeda muy placentero diciéndole que lo quería mucho y que aquella noche se habían de divertir en las viñas y otras palabras equívocas que no entendió por entonces el declarante. Y siguiendo el camino a poca distancia el don Manuel se descubrió sus partes diciendo a el declarante si sus testículos eran del tamaño de los suyos, a lo que le respondió que él tenía lo que Dios le había dado, extrañándose de aquella obscenidad el que declara. Le contestó el don Manuel diciéndole que no fuese tonto, que no tuviese cuidado, que cualquier hombre que con él había tenido algún acto lo había querido mucho y lo había regalado muy bien. Y aquí sale a relucir el orgullo del humilde que mantiene su honra por encima de todo. El declarante le respondió -continua la declaración de Teodosio- que no quería nada suyo y que con su pobreza tenía lo necesario para vivir honradamente. Entonces el don Manuel le dijo que se iba a cenar a la casería y que después volvería y se divertirían, que no fuese tonto y que en aquellas viñas y en el sitio del Portillo lo esperaba.

Teodosio había oído hablar de don Manuel de Ojeda y más tarde cuando se le pregunta que si sabía que éste había tenido ese detestable vicio con algunos hombres o tenido chanzas o palabras lujuriosas con él u otras personas de su sexo, responderá que ya había oído entre la gente del campo que se arrimaba muy bien a los hombres que a las mujeres, aunque lo ha visto pocas veces y desconoce que hubiese tenido trato con otras personas. Pero en esta ocasión si va conocer cómo se las gastaba el don Manuel aprovechándose de su mejor posición social.

Cuando Manuel de Ojeda se marchó, Teodosio se quedó -así consta en la declaración- reflexo o comprendió que con él quería cometer algún pecado de sodomía. Y no tardó mucho tiempo en comprobarlo, pues media hora más tarde oyó un pito extraño y figurándose fuese alguna gente que venía a hurtar uvas se llegó donde sonaba y vio a don Manuel tendido en el Portillo y se fue hacia el declarante dándole abrazos y besos, lo que procuró evitar dando de empellones y retirándolo de sí. Pero don Manuel no cejó en su empeño y dijo que volvía a la casería por los trastes de encender y breve rato volvió con las mismas pretensiones de abrazar y besar a lo que volvió a oponerse el declarante y viéndose oprimido y que el don Manuel tenía en la mano un arma blanca corta le dio un palo en el brazo donde la tenía y entonces oprimiéndole contra la cerca o vallado de las viñas en este conflicto dio voces. Y entonces acudieron los demás, su sobrino Francisco de Navas, Vicente Moreno y Juan Borrallo. Todos saldrían heridos en la refriega que se armó, incluso el último de los citados que llevaba una escopeta debajo del brazo y que desaparecería entre las vides. Don Manuel marchó a la casería y los otros regresaron al pueblo para curarse. Así, Teodosio cuenta que ha sido su mujer quién lo ha curado con aceite de hipericon y que no dio parte a la justicia porque las heridas son leves.

Las declaraciones de los otros tres protagonistas de la pelea no añaden nada nuevo a lo ya contado por Teodosio. Todos afirman que habían oído que a don Manuel le gustaban más los mozuelos bien parecidos que los feos y las mujeres y que había solicitado a muchos, pero sólo uno de ellos da el nombre de dos mozos que han tenido un inicuo trato de esa naturaleza. Y a ellos se dirige la justicia acto seguido, no sin antes decretar el Corregidor que los implicados en la quimera sean examinados por el cirujano, Josef de Moya, y guarden carcelería en la villa y sus arrabales y si la vulneran serán trasladados a la cárcel pública.

Pero veamos ahora lo que declaran los dos mozos citados: Pedro Rodríguez, hijo de Manuel, y Joaquín Urbano, hijo de Félix. El primero nos cuenta con todo detalle cómo fue el azaroso viaje que hizo junto a don Manuel de Ojeda camino de Cabra durante el año anterior pues en el trayecto le tuvo unas conversaciones muy deshonestas a las que no descendió y al poco rato le pidió al joven que se subiera a la grupa de la yegua detrás de él y que en efecto montó en la tal yegua detrás de don Manuel y a poco empezó a decir este: ¡Que me ensarta! ¿Qué me abujerea! La sorpresa del mozo fue mayúscula pues no entendió este lenguaje y se tiró con prontitud al suelo abochornado y no quiso volver a montar con él aunque se lo propuso varias veces. También don Manuel habló con el padre del chico para que fuese éste a su casa a servirlo a la villa de Castro del Río, pero un mozo o sirviente de don Manuel le aconsejó que no hiciera tal cosa por Dios ya que forzaba a los hombres y tenía mala fama en Castro, por lo que se negó a ir a servirle. Pedro también cita el nombre de otro joven, Julián de Montes, que una noche quería el don Manuel atraparlo mas se valió de los pies y lo dejó burlado, pero del que no consta ninguna declaración en el sumario, pues es soldado miliciano del Regimiento de Bujalance y se halla fuera de Doña Mencía.

El otro joven, Joaquín Urbano, nos cuenta a su vez que durante el verano pasado yendo de noche con las mulas para llevar grano a Castro en compañía de don Manuel, por el camino éste empezó también a querer mantener conversaciones deshonestas preguntándole si tenía novia y si la había fornicado o a otras mujeres y que el estar con las mujeres era una gran porquería, que el gusto de los gustos era estar con un hombre. Joaquín le pidió a don Manuel que callara y que él no trataba de aquellas cosas, negándose a subir con él en su caballería, amenazándole que si le apretaba a ello lo dejaría sólo con las bestias.

No sabemos mucho más de don Manuel de Ojeda, pues no consta ninguna declaración suya en el sumario. Habría que averiguar qué parte de verdad existe en las declaraciones que hemos leído y sopesar hasta qué punto exageraban sobre las tendencias sexuales de don Manuel para exculparse ellos de lo acontecido durante aquella noche del 7 de octubre en el Puntal y todo ello sabiendo que la homosexualidad estaba considerada como un grave delito. ¿Envió el corregidor de Doña Mencía alguna comunicación al de Castro sobre la conducta sexual de don Manuel de Ojeda y Martos para que continuara con el proceso? No sabemos nada de ello. Sólo tenemos constancia de que el día 20 de octubre los mencianos heridos en la refriega estaban ya sanos y podían salir de nuevo a trabajar fuera del pueblo.
Ilustración: Carmelo López de Arce Ballesteros.


Añadimos una de las páginas del expediente conservado en el Archivo Histórico Municipal de Doña Mencía

lunes, 1 de octubre de 2007

1767, Paseo del cerdo por la villa

...donde fue puesto a su libertad a cuya operación que se hizo en el sitio del Pilar Nuevo hubo mucha gente de hombres y muchachos...

El paseo del cerdo por la villa de Doña Mencía despertó una gran expectación. Había que averiguar cuál era el verdadero dueño del cochino y para ello se decidió dejarlo libre por las calles del pueblo y que el animal eligiera la casa de su dueño. Todo estaba preparado y junto al alguacil mayor y los principales afectados, el escribano dispuesto a levantar acta fidedigna de todo lo que sucediese.
El paseo del cerdo comenzó siendo como a la una de la tarde del tres de noviembre de 1767. Pero muchos se llevaron un chasco, pues al final el cerdo se dirigió a la casa del presunto ladrón, Joseph León, al que acusaban de haberlo robado ...y vimos en los corrales de estas al mencionado zerdo... tras lo cual es Joseph de León el que se querella contra Juan Tomás.


Texto de Antonio Gómez Pérez, ilustrado por Carmelo López de Arce.
Fuente: R-4336 del Archivo Histórico Municipal de Doña Mencía.

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viernes, 28 de septiembre de 2007

1761 Coplas denigrativas contra el honor

...concurrieron llevando una guitarra y estuvieron cantando en la calle Barranco diferentes coplas...

Allí estaban, en las Esquinas de Jesús, Cristóbal Rodríguez junto a su hermano y su primo, en la noche del 25 de agosto de 1761, cantándole coplas a una mujer de estado honesto que había rechazado los amores de Cristóbal. Y estaban cantando diferentes coplas muy deshonestas contra la mujer quitándole el crédito y entre ellas una que cantaban que decía: Dicen que te has alabado/ Que me dites calabazas/ Pero no te alabaras/Que te arrastré por tu casa.

Los afectados no negarán los hechos, aunque afirmarán que lo que estaban cantando era un romance sobre la pasión y muerte de Christo.

Texto de Antonio Gómez Pérez, ilustrado por Carmelo López de Arce.
Fuente: R-4324 del AHMDM.

jueves, 13 de septiembre de 2007

1767, Corrales es soprendido en el patio por el alguacil

...y abriendo la puerta se halló con un hombre y junto a él Juana de Tienda, de estado soltera...

En la mañana del 1 de septiembre de 1767 cuando el alguacil mayor don Juan Thomas Valera estaba de ronda por el pueblo para la cobranza de los repartimientos le movió el vientre a orinar y al pasar por las casas de Francisco de Tienda, alias Corrales, en la calle de Abajo (hoy Juanita la Larga), se encontró con el patio a Juan López, hortelano de Cabra, junto a Juana. La dueña de la casa afirmará que Juana entraba en su patio con frecuencia a hacer lejías y a tender cuatro trapitos y, aunque no se pudo demostrar que hubiera relaciones deshonestas entre ella y el hortelano, éste pasó en la prisión del pueblo más de veinte días.

Texto de Antonio Gómez Pérez, ilustrado por Carmelo López de Arce.
Fuente: R-4338 del Archivo Histórico Municipal de Doña Mencía.

sábado, 14 de julio de 2007

De truhanes, siquitraques, ...


"De truhanes, siquitraques, barruntafríos y facinerosos" es el título del libro presentado en la Casa de la Cultura de Doña Mencía el 25 de noviembre de 2006, y cuyos autores son: Antonio Gómez Pérez (texto) y Carmelo López de Arce Ballesteros (ilustraciones). El prólogo es del ex-fiscal de la Audiencia de Córdoba, José Paniagua Gil. El libro no es, como se dice en la introducción del mismo, otra cosa que la recopilación de las historias sacadas del Archivo Histórico Municipal de Doña Mencía y contenidas en los numerosos expedientes y sumarios criminales que en él se guardan, correspondientes a los finales del siglo XVII hasta comienzos del XIX. Gracias a los dibujos de Carmelo podremos adentrarnos mejor en el ambiente de esa Doña Mencía del pasado en la que las chispas saltaban con demasiada frecuencia entre los vecinos del pueblo en los momentos de fiesta o, también, en el que los pequeños hurtos hacían patente la escasez y carestía que azotaba a una gran parte de la población de la villa. Pero no faltan las muertes violentas y tampoco las fricciones cuando en las coplillas, que corrían por las calles del pueblo, se atentaba contra el honor de la familia, simbolizado, casi siempre, en la mujer. Además, a través de estas historias de los más humildes, en las mayoría de los casos, conocemos mejro, no sólo la mentalidad y costumbres de una época, sino que también podemos pasearnos por las callejuelas, plazas y rincones de la Doña Mencía de hace 300 años y por los parajes del término.
Os ofrecemos en este blog tanto el acceso al libro, que podéis consultar pinchando aquí o en el enlace que adjuntamos, como una presentación a las imágenes y documentos del libro.