domingo, 11 de noviembre de 2007

A Antonio Borrallo Sequeira, “Morejón” (II)


Preparando las tapas
Cargado originalmente por agomezperez7


A Antonio y también a Cecilia, Paca, Manolo, Pepita y al More (jr).
A todos ellos que hacen posible que en Casa Morejón se sienta uno como en su casa. Gracias a ellos por continuar la tradición de Antonio, a quien tanto le costaba subir los precios de sus tapas y no digamos del vino, de que nadie se marchara de casa Morejón hablando mal de su taberna y de cómo se le había tratado en ella. Si Antonio viera esto la invitación estaba segura. De todas formas, algo caerá.

En la imagen que vemos –tomada del álbum familiar de la familia de Antonio “Morejón” y datada a mediados de los 60 del pasado siglo- vemos a Cecilia junto a varias mujeres pelando gambas para la Semana Santa. ¿Cuántos kilos pelan ahora? Y, ¿cuántos kilos de croquetas siguen preparando para la fiesta más popular de Doña Mencía?


En la segunda imagen vemos el ambiente del patio en un día grande de aquellas fechas y la última, la inferior, es una acuarela de nuestro amigo Carmelo y que figuraba en las cartas del bar.


Y ahora os adjuntamos la segunda parte en la que se traza una semblanza de mi gran amigo Antonio Borrallo Sequeira “Morejón”.

Le gustaba hablar como a nadie. Era un charlatán empedernido. Y en nuestras conversaciones siempre salía a relucir la guerra, nuestro drama civil en el que participó cuando era un mocetón alto y robusto, como a veces bromeaba conmigo. De Tetuán a la batalla del Ebro, la definitiva para la caída de la República, la de las ilusiones y las esperanzas. Hasta que ya no pudo bajar a la taberna echaba su partida diaria de cartas y en la misma mesa se sentaban los que habían luchado al otro lado –podíamos haber dirimido nuestras diferencias en torno a una mesa camilla, como hacemos ahora- me decía muchas veces y cuando los ánimos se exaltaban se echaban en cara las razones de la derrota -¡y es que con ese ejército que teníais, cómo ibais a ganar la guerra!-, les espetaba amigablemente. Por fin acabó aquella pesadilla y por fin, tras largos años de silencio, se podía hablar sin miedo. Algunos han dicho que la historia no es sino la recuperación de la memoria y Antonio siempre se aferraba a la memoria y al pasado.
Devoraba los últimos libros, y todo lo que caía en sus manos, sobre la República y la Guerra civil: la biografía de Preston sobre Franco, las memorias de Azcárate y de Martínez Barrio que estaba leyendo aquel verano, los libros sobre la guerra civil en Córdoba de Moreno Gómez o la película de Ken Loach sobre los enfrentamientos en el interior de la República. Aquello ocurrió de verdad, Antoñín, me decía. Y también en su casa se grababan todos los documentales sobre aquella época, que él, más tarde, veía una y otra vez. La guerra no fue tan mala para mí –contaba una y otra vez-, allí teníamos de todo, comíamos bien, no nos faltaba de nada, pasábamos mucho frío, eso sí, allí en las sierras de Teruel sí que hace frío, pero éramos jóvenes y cuando uno es joven se come el mundo. Claro que sentíamos miedo, ¿no íbamos a sentir miedo?, pero tampoco nos dábamos cuenta del riesgo que corríamos.
Y salía a relucir Doña Mencía. Y hablábamos de la proclamación de la República, de la manifestación del 6 de septiembre de 1931 –la de los tiros, esto me parece que ya te lo he contado-, de la quema de la Iglesia, del comienzo de la guerra y de los rumores que llegaban de Baena, de las bodas de antes, de las posadas, de las muertes de Genaro, de los borrachos en los días de lluvia, de los antiguos molinos y de las vendimias, de los jornales en los años del hambre y de lo que costaba un pan, de los que habían pasado por su taberna y de cómo había pasado a la oposición –constructiva, como se dice ahora-, cuando se jubiló. Aunque puso una condición innegociable: él podía seguir invitando en su taberna a quien quisiera, ¡faltaría más!
Pero Antonio fue ante todo una persona generosa, largo hasta en el talle, trastocando a Quevedo. Generosa y abierta en su conversación. ¡Cuánto disfrutaba con él hablando de tantas cosas! Y siempre aludía a algún menciano cuyos lazos familiares se sabía al dedillo. Y es que Antonio era una persona dotada de una memoria prodigiosa y de una intuición excepcional para conocer y comprender a los que le rodeaban. Y también, todo hay que decirlo, con un mal genio que explotaba en las bullas de Semana Santa y Feria –sobre todo si se iba la luz- pero lo que le conocían sabían que igual que venía se iba.
Con Antonio se fue una parte de la historia de Doña Mencía, -igual que con muchos otros mencianos que he conocido-. Con ellos también se ha ido una parte de esa historia local que no debe perderse nunca, pero con él se me fue un amigo, un gran amigo, al que recordaré siempre. Un abrazo, Antonio.
Antonio Gómez Pérez

3 comentarios:

Marilar dijo...

Gracias de nuevo, Antonio, por compartir todo esto con los que estamos lejos. Morejón ha sido toda una institución en Doña Mencía. No sabía sus apellidos (por cierto, parecen gallegos o portugueses, más que mencianos)

Ruben y Paco dijo...

Hemos leido el arttículo que le dedicas a Morejón(nuestro abuelo), y nos vemos en la necesidad de contestarte y sobre todo agradecertelo.
Se ve que lo apreciabas y lo conocías. Definiendo muy bien su carácter y forma de ser.
Recordamos al abuelo como una persona simpática, dicharachera y sobre todo con una gran generosidad.
Gracias tito por recordarnoslo.

Dolores Sequeira dijo...

Hola, he encontrado este artículo intentando saber algo más de mi familia, soy nieta de Antonio Sequeira Lama casado con Carmen Pérez Roldan nacidos en Doña Mencia, en casa no se hablaba de la historia familiar por guardar silencio a ciertos acontecimientos de la guerra. Si alguien pudiera indicarme donde puedo encontrar información le estaría muy agradecida